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Cruz
de Madera (Calle del Arco)
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Cruz
de Madera (Calle del Arco) |
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Cruz
grabada (Calle del Arco)
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Cuentan las viejas tradiciones,
que allá en los tiempos de la colonia, en lo que hoy
es la Calle del Arco, vivía una elegantísima
dama española.
Su ondulante cabellera caía sobre su espalda cual
torrente de Azabaches acariciando su alabastrino talle adornado
con el ropaje de los nardos del tabor, sus grandes pestañas
que simulaban lo erizado de las montañas agrestes de
Taxco. Sus manos tenían el delicado acopio de las blancas
muñequitas traídas del oriente. Sus pies diminutos
eran tenuemente acariciados por las sandalias rojo púrpura.
Orladas con el pelaje del armiño. Toda ella era llena
de gracia. Su mirar y su caminar seducían al que tenía
la suerte de contemplarla, pero en ese corazón de ángel
hecha mujer, latía a cada instante un grande amor.
Rodrigo era su única ilusión; apuesto caballero
español, dotado por el capricho de la naturaleza, de
todas las cualidades varoniles: valiente, joven, atractivo
y educado a la alta estirpe de su origen.
Todo era ensueño y felicidad en aquella pareja de
enamorados. Pero no se hizo esperar más tiempo esa
dicha engañosa, y no tardó en aparecer en la
pantalla polícroma de ese amor: la tormenta borrascosa,
final de una loca pasión nacida por primera vez en
aquel lugar de embrujo. Rodrigo, cada vez que se entrevistaba
con aquella fascinante mujer, se hacía acompañar
de Víctor Manuel (su amigo muy íntimo), no menos
poseedor de los atractivos de Rodrigo. Ella, Beatriz, amaba
a Rodrigo locamente, bosquejando su figura aún en las
noches de insomnio.
Pero la fatal casualidad quiso que una noche de plenilunio,
tranquila y serena en que Víctor Manuel acompañaba
a Rodrigo en sus citas amorosas, la dama tendió su
electrizante mirada en el joven acompañante. Esa mirada
zigzagueante envolvió el ambiente, se cruzaron las
miradas, y surgió el romance, traicionando así,
ese amor jurado para Rodrigo, truncado en ese momento por
el falso corazón de Beatriz.
Rodrigo a pesar de todo, siguió sosteniendo relaciones
con ella, pero no dejaba de notar cierta indiferencia en todo,
y en una de tantas citas, llegó el instante fatal del
desengaño, envolviéndolo la borrasca de la desilusión
la cruel traición de ambos.
Decepcionado y triste aprovechó el momento en que juntos
platicaban, se acercó a ellos y en su presencia lanzó
un suspiro largo y profundo como los inmensos mares, tendió
su mirada por última vez a su amigo y a Beatriz, sacó
su espada del cinto, la blandió en el aire hundiéndola
después en su angustiado corazón pronunciando
en medio de las convulsiones de la muerte el nombre de Beatriz.
Enseguida expiró en el mismo sitio en que naciera un
grande amor. En recuerdo de esta fatídica traición
de Víctor Manuel y Beatriz, se colocó en ese mismo
sitio una humilde cruz de madera, que al correr el tiempo ha
caído en el olvido, pero que hoy se conoce como "La
Cruz de la Calle del Arco".
La creencia católica le ha dado otros comentarios muy
divergentes a su primitivo origen, pero lo más acertado
es la relatado en esta leyenda, porque antes de que los callejones
de Taxco fueran trazados, se encontró bajo los frondosos
árboles de ese lugar, acariada por las verdes sensitivas
y abrazada por los bejucos, una cruz de madera, carcomida y
apolillada por el transcurso de los años. La cruz de
Rodrigo.
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