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Calavera
Padre Higuera |
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Iglesia
del Exconvento
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Cuentan los
ancianos que cierta vez, allá por los años de
1850 a 1860, hubo un sacerdote cuyo apellido era
Higuera; que en ese entonces, oficiaba en el Exconvento
de San Bernardino.
Se dice que éste párroco, seguramente
no conforme con su decisión, se dedicaba con frecuencia
a la vida mundana, violando así los sagrados principios
del "Sacerdocio", cuentan que en las noches acostumbraba
recorrer varias calles visitando diferentes antros
de vicio. Según se cree, este recorrido principiaba
en las calle de las Estacadas, continuando por Becerra y Tanco.
Seguía por la actual "Carretera Nacional"
subiendo después por la calle de Santa Anna; así
como si no fuera largo el trecho que seguía por la
calle del Exconvento, volviendo a tomar Becerra y Tanco, por
último, subía a la Calle
de las Estacadas llegando entonces al convento.
Cierta vez recibió la visita de algunos
fieles cuyo objetivo era informar al Padre de un extraño
fenómeno, que tenía alarmada a la población.
Le narraron que por las noches, en la ya mencionada calle
de Becerra y Tanco rondaba cuesta arriba una calavera.
El párroco, intrigado por la noticia; les recomendó
que no se asustaran, que él más tarde iría
al supuesto lugar de los hechos a comprobar si era verdad.
Diciendo y haciendo, esa misma noche se dirigió
a dicha calle y esperó pacientemente que sucediera
el raro fenómeno sobrenatural. Pasado ya algún
rato, presentándose la aparición, el Padre
temeroso le dijo: Espíritu, seas por el bien
o seas por el mal, este no es tu lugar. Decidme ¿qué
buscáis en estas calles que son del domino de Dios?",
a lo que la calavera le contestó con las siguientes
palabras: "Soy la calavera del Padre Higuera y ando purgando
condena".
Tras este acontecimiento desapareció
el espanto y el Padre Higuera asustado, abandonó
por completo la vida mundana que llevaba. Dedicándose
entonces a la oración y a duras penitencias como eran
de vivir a pan y agua y castigarse la espalda con un látigo
de ocho tiras que él mismo se hizo.
Un día salió del convento y montó
un asno, echándolo a caminar sin rumbo fijo; se cuenta
que tanto el Padre, como el animal, desaparecieron
sin dejar huellas y sin volver a saberse nada de
ambos.
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