Al establecerse los primeros pobladores de
los chontales, la naturaleza mostraba gallarda
y altanera su virginidad con todo su esplendor. Pero al
correr del tiempo, poco a poco se vió invadida por
las tribus nómadas que se agregaron tomando cada
cual distintas direcciones.
Pasaron los días, se multiplicó
la especie humana y tocó a los dieguinos del Convento
de San Bernardino tener en sus anexos el primer cementerio.
La epidemia de cólera cerro hogares y la mortandad
llegó a un punto muy alto, era insuficiente el campo
mortuorio existente allá por Cantarranas.
En esos momentos apremiantes se pensó buscar otro
lugar apropiado y acondicionado para establecer un
nuevo panteón y así mismo para conservar
la salud de los pocos pobladores restantes del pueblo de
Taxco. Se reunieron algunos de los principales hombres y
en asamblea previa convocada a instancias de Don
Celso Muñoz, Gabriel e Ignacio Flores y otros más,
se deliberó sobre la elección del lugar para
construir un nuevo "campo santo" y el
Llano de Santa Anita fue el agraciado. Después
de estos sencillos datos históricos llegamos a la
leyenda, la cual narra que llegaban a estos minerales gente
de distintos lugares como Tlalpujahua Real del Oro,
Campo Morado, y otros más, en busca de trabajo.
Los días sábado preferentemente
se reunían algunos de los trabajadores mineros en
una cueva que estaba al lado sur de la Capilla
de San Miguel... templo antiquísimo de la creencia
cristiana donde se verificaban las libaciones de bebidas
embriagantes, juegos de baraja, cuentos obscenos, cabriolas
mágicas y ya embrutecidos por el alcohol, cometían
actos indecorosos, tambaleándose uno de ellos y en
forma demosténica pedía silencio y atención,
todos se ponían en estado de éxtasis para
invocar al espíritu maligno que siempre los acompañaba
en sus orgías, exclamaba: donde reina mi
poder, donde impera la malicia, venga ese espíritu
malvado, y tu, Júpiter, dispón tus rayos,
abra cádava.
El lugar era invadido por un hálito escalofriante,
crujía la cueva y se presentaba un toro jadeante
arrojando espuma por la boca y bramando, provocando el aullar
de de perros, turbando el silencio de la noche. Todos querían
acariciar al visitante, su pelo negro como el azabache,
y se gozaban en la contemplación del amigo. Temblorosos
y empolvados regresaban cada uno de ellos a sus hogares,
engañando a la esposa de haber estado en turno doble
en el mineral. El toro terminaba su faena, se despedía
de ellos con un menear de cola y orejas, dirigiéndose
a la barranca de pajaritos.
El tiempo no borro estos hechos
y construído el panteón de San Celso
nadie quería aceptar su inauguración con un
muertito como primicia, hasta que la parca inevitablemente
tendió su guadaña eligiendo a su victima
un hijo del señor Celso Muñoz quien
fué sepultado en medio de oraciones cruz alta acólitos
y señor cura, quien lanzo exorcismos para alejar
los malos espíritus que aun flotaban en el ambiente
y hoy con entera confianza caminamos todos rumbo al panteón
de san Celso.