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Portentoso -como dijo don Manuel Toussaint- resulta
el retablo mayor de la iglesia de Santa Prisca, por
su gran tamaño, por la exuberancia increíble,
diversa y contrastada de sus formas y como deslumbrante
conjunto original, fruto de rica y cultivada imaginación.
Igual que todos los retablos de la parroquia, el principal
también se compone de un gran cuerpo y un remate,
estructurados ambos a base de estípites. Cuatro
inmensos, complicadísimos estípites exentos
-dos de cada lado- arman el- cuerpo bajo, y cuatro,
también exentos, sostienen el cuerpo superior
y un remate, estructurados ambos a base de estípites.
Cuatro inmensos, complicadísimos estípites
exentos -dos de cada lado- arman el cuerpo bajo, y cuatro,
también exentos, sostienen el cuerpo superior
o remate. Ambas partes quedan, si no separadas, cuando
menos señaladas por un cornisamento muy notable,
por grueso y moldurado, que ondula, sin romperse, tres
veces para formar tres peanas.
La central, emerge compuesta por elementos geometricistas
de enorme tamaño y sirve de enlace entre la parte
inferior y la superior de la calle central. Se compone
de una sección de circunferencia rebajada sobre
la que se engarza un ascendente cuerpo mixto que a su
vez termina en otra curvatura sobre la que se destaca
un sonriente querubín; y luego, detrás,
otra peana cúbica y moldurada, sobre la cual,
la imagen de San Pedro desde las alturas contempla serenamente
el templo que tiene a sus pies. Los gigantescos estípites
se apoyan en basamentos muy altos que como en todos
los retablos tienen el fondo rojo y van cubiertos con
áureos roleos y follajes. Sobre sus molduraciones
superiores sobresalen cabezas de querubines, doradas,
que se inclinan humildemente, como preparándose
a recibir el peso de los estípites que por encima
de ellos empiezan a desarrollarse. Según hemos
mencionado, estos apoyos que no muestran claramente
sus elementos formales - los cuales se ven alterados
y confusos entre la riquísima ornamentación-
pueden considerarse como magníficos ejemplos
del fenómeno post-churrigueresco, bautizado por
el profesor Joseph Baird como la disolución del
estípite, o sea de la transformación estructural
que sufrieron estos elementos a fines del siglo XVIII,
lo que ya hemos mencionado al ocuparnos de los colaterales.
Realmente hace falta un ojo bien entrenado en la contemplación
de las creaciones barrocas, para localizar debajo de
las ricas y varíadas formas ornamentales las
partes estructurales de dichos apoyos. Las bases llevan
molduraciones, follajes y roleos y pronto se forman
grandes medallones ovalados, con marcos moldurados finamente,
dentro de los que emergen -en talla de tercera dimensión-
representaciones humanas -una en cada estípite-
lujosamente ataviadas, que adelantan sus manos en diversas
actitudes. Por encima de estos medallones continúa
el crecimiento de los volúmenes del estípite,
que se ensancha de manera extraordinaria, a base de
roleos y ángeles que sostienen enormes ramos
de flores, a sus lados. Esta sección termina
con más roleos -en este caso enfrentados- sobre
los que se destaca una peana en forma parecida a la
de un capitel y con querubines en cada una de sus caras.
Sobre cada una de las cuatro peanas aparecen figuras
de santos, de pie, de talla completa; y detrás
de estas imágenes precisamente, se encuentra
el estipo o fuste de los estípites, que como
se cubre de tal profusión de relieves decorativos
resulta dificil de distinguir, porque ha perdido su
esbeltez y en vez de forma piramidal invertida se aparece
como un cuerpo ancho, pesado, casi parejo en su volumen,
lleno de complicados accesorios formales.
Entre más molduraciones que suben por el cuerpo
de los estipites aparecen, un poco más arriba,
pequeños bustos de papas; finos rostros de ancianos
reglamente ataviados con capas, tiaras y guantes, cuyas
luengas barbas se abarrocan moviéndose en diferentes
direcciones, con gran sentido ornamental. Estas figuras
van escoltadas atrás, por más querubines.
Después encontramos dos secciones escalonadas
que rodean los cuerpos de los estipites como des- mesurados
cinturones enriquecidos con follajes y ramos de granadas,
entre los que se acomodan más angelillos balbasianos,
que cumplen con la tarea de sostener los paños
de los doseles con que se han revestido los cubos de
los estípites y que rodean, a manera de marcos,
unos bustos tallados que aparecen en sus tres caras
visibles, uno en cada cara. Arriba de los cubos, los
estípites se adelgazan aunque se adornan con
más querubines, para dar lugar a que se noten
los capiteles de linaje corintio. Encima de éstos
crecen los resaltos, mucho más elevados y moldurados
que los primeros, con querubines, llegando al cornisamento
en donde asoman aun más rostros de querubines.
Los interestípites que aparecen en esta magna
obra del barroco novohispano son, sin duda, unos de
los más sensacionales, libres, complicados, ricos
e imaginativos que pueden encontrarse en México.
Al nivel de los zócalos de los estipites y entre
ellos, se abren pequeñas puertas que conducen
a la parte posterior del altar, a un pasillo con pinturas
murales alusivas a la eucaristía, de las que
hablaremos más adelante. Dichas puertas están
ornamentadas con figuras geométricas doradas,
sobre fondo rojo, siguiendo el gusto que priva en toda
la iglesia. Justamente sobre ellas empieza el desarrollo
formal de los interestípites, a base de los conocidos
juegos de molduraciones geométricas y planos
de profundidad -acostumbrados por el barroco- que se
van engrosando y avanzan hacia el frente, y sobre los
cuales brotan follajes y querubines y dos angelillos
que, como pueden, se aco- modan apretadamente entre
el espacio que queda entre estas estructuras y los estípites,
que casi se tocan.
Esta serie de volúmenes geometricistas, suben
hasta la altura de las peanas de los estípites.
.Allí forman un remate con dos roleos encontrados,
que en el centro lucen conchas, detrás de las
cuales, sobre la curvatura del remate, se sientan dos
santos papas suntuosamente revestidos que dirigen sus
miradas hacia lo alto en béatífica contemplación,
y que por su apariencia anónima, pero sobre todo
por su postura y sentido ornamental parecen haber tomado
el lugar reservado en otros altares a los ángeles
balbasianos. Por detrás de estas figuras decorativas
continúa la estructura del interestípite,
que allí mismo se proyecta en otro medallón
oval grande, muy sobresaliente dentro del conjunto,
con marco moldurado adornado con conchas, que contienen
más figuras de Papas, barbados y tan espléndidamente
vestidos como los anteriores Poco más arriba
se forman las peanas -muy molduradas y ricas- que dan
sostén a unas de las imágenes principales
del retablo: Santa Prisca y San Sebastián.
A los pies de cada escultura otro par de ángeles
balbasianos se sientan sobre los consabidos roleos.
En la parte trasera, las pitastras se llenan de follajes
y de múltiples molduraciones rehundidas, como
para formar una especie de marco alrededor de las imágenes,
algo así como la sombra de un nicho. Más
follajes y roleos y querubines se sobreponen hasta llegar
a los capiteles, en donde otros ángeles con inmensos
ramos de flores y granadas sostienen las puntas de unas
colgaduras que caen de los resaltos, formándose
as! vistosos grupos escultóricos que se pro-
yectan notablemente sobre el espacio, entre los que
se cuentan unos medallones circulares, chicos, con otras
figuras de Papas, que se localizan justamente debajo
de la cornisa divisoria de los cuerpos, que en ese lugar
se eleva formando un pequeno medio punto que luce en
su centro una concha desmesurada. La calle central es
sumamente complicada, extraordinariamente rica, dinámica
y finamente imaginativa, a pesar de que la vemos mutilada,
pues el manifestador original, pieza extraordinaria
-como el retablo al que pertenece, fue reemplazada al
parecer hacia 1890, en la misma (continua...)
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